A nosotros nos arrancaron la casa
de los descubrimientos,
nos arrancaron ternezas, tus carcajadas,
resonancias de los primeros tropezones,
la inmunidad casi pura del refugio.
Cuando nos dimos cuenta,
estábamos desnudos
a merced de todas las miserias,
calles bordeadas de escondijos
donde la gente sueña glorias
desde el pesar por no encontrarse.
Ajustado tu cuerpo a un caracol
labraste la fortuna
hasta el contorno de tus sueños.
Yo almaceno cristales desde entonces,
para ponerlos unos sobre otros,
guarecerme en sus paredes
que multiplican el alba
pero no puedo detenerme,
asumo el acecho detrás de los portones,
al derrumbe que sigue a cada paso
donde dejo mi gota de dicha
mientras fluyen azares, como al océano
los sufrimientos de la tierra:
lágrimas sin sal, sin esperanza río abajo
hasta morir de inmensidad,
hasta lavar la llaga al egoísta,
el rencor por la paz de mi carencia,
esta libertad de quien nada ambiciona
donde ponen los otros su confianza.
No importan el origen,
lo necesario de unas palabras,
la partida.
Quien amo percibe mi belleza
y hacemos el edén sin esperar por Dios,
sin desbordar la plenitud,
sin pensar en lo efímero,
sin perseguir esencias.
Sumérjanse los sabios en el polvo
a la caza de viejos esplendores,
alcancen la fatiga los filósofos
que inventan la verdad.
Yo,
Solo quiero vivir…
06/JUL/009
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