Igual lo he soñado, corregidme si me equivoco, pero tengo la impresión de que hace algunos días se celebró, al menos en España, la tradicional feria del libro. Lo digo más que nada porque, en medio de la zozobra provocada por la mudanza, me pareció divisar alguna que otra caseta en el centro de Vitoria.
A mí me gustan mucho esas librerías ambulantes que se echan a la calle una vez al año. Allí, al aire libre, puedes sazonar tu paseo habitual ojeando ejemplares de todo tipo y grosor. Hay gente, probablemente la inmensa mayoría, que únicamente valora un libro por su contenido. No es mi caso. Cuando era un niño descubrí que los libros no solamente hablan a través de las palabras porque, en realidad, tienen algo de seres vivos.
Del mismo modo que a nuestras mascotas favoritas, los puedes acariciar, observar la belleza de sus portadas e ilustraciones, e incluso olerlos. Porque los libros siempre conservan un aroma especial, mezcla de papel, tinta y humedad, que va cambiando con el paso de los años.
No me avergüenza reconocer que, en ocasiones, he invertido muchas horas observando un bello volumen sin atreverme siquiera a entreabrir sus páginas. Supongo que bien se me puede equiparar a uno de esos "voyeurs" que disfrutan admirando en secreto, las dulces evoluciones de una mujer hermosa.
Poseo una amplia biblioteca. Anárquica, como yo mismo. Novela, teatro, ensayo, poesía...Casi todos los días, en una especie de ritual profano, pierdo unos cuantos minutos pasando revista a mis viejos libros, releyendo con fruición sus lomos descoloridos : Conrad, Cernuda, García Márquez, Roth, Verne, Rosalía, Poe, Celaya, Santa Teresa...
Juntos y descuidadamente apilados suman, en realidad, una sóla historia. La historia de mi vida. La vida de aquel niño que pensaba que los libros podían sentir, ladrar y maullar e incluso, por qué no, contarnos una buena historia en una tarde fría y lluviosa.
Etiquetas: libros
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