Hay días en que siento que soy una torpe grumete a bordo de un destartalado y viejo barco, vulnerable, con el fuselaje intacto pero sin patrón, ni velas ni timón, anclado y arrinconado definitivamente, a sabiendas de que si osara desobediente soltar amarras me perdería a la deriva y mi nave seria engullida despiadadamente por la mar.
Solo me queda pasear por cubierta, hasta que por fin me quedo agazapada en un rincón y me acerco esa gran caracola que guardo desde niña al oído, cierro los ojos, empiezo a notar la brisa en mi cara… y es entonces cuando viro, me desdibujo, y soy el barco… escucho y noto el rugido potente de las olas que rompen contra mi casco aún firme… me rasgan insensibles golpeándome furiosas una y otra vez hasta que convierten mis ropajes en harapos y me devuelven esa aletargada sensación de ingenuidad y desnudez ante la vida, momento en el que me olvido de todo, deseo renacer de nuevo, zarpar sin rumbo premeditado, y plantarle cara al mundo sin estar a merced de ninguna rosa de los vientos.
Cata - 2009
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